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River juega su Mundial: comienza el partido de la dirigencia

Con Coudet tocado en Córdoba pero con el crédito abierto tras la levantada del equipo, el mercado de pases será el momento en que River deberá remendar su gran falla de los últimos años: el fútbol. El plantel pide jerarquía para el segundo semestre y la hinchada necesita títulos.

Más que festejar su cumpleaños, River conmemoró sus 125 años con una hermosa camiseta y una goleada sin sonrisas al Blooming, todavía sacudido por una de sus mayores tristezas de los últimos años, la del domingo ante Belgrano. Aunque era la despedida a otro semestre perdido, el cuarto seguido sin títulos desde aquella ya lejana Supecopa Argentina ante Estudiantes en marzo de 2024, 60 mil personas mostraron una fidelidad que algún día debería ser correspondida por un equipo que desde hace rato suma decepciones y fracasos a la hora de la verdad -y que viene de ser muy maltratada por la policía cordobesa-.

El partido dejó además ese guiño de Eduardo Coudet para las estadísticas con la participación de 11 jugadores de inferiores en simultáneo, un hecho que no ocurría desde la huelga de profesionales en 1983 y a la vez un gesto de disculpas de Chacho tras su inacción en la final del Apertura, cuando se paralizó y no hizo los cambios que el partido le pedía. ¿De verdad Juan Fernando Quintero -que, dicho al pasar, no parece comulgar con el credo de Ángel Labruna, aquella frase de «de River no hay que irse nunca«-, no estaba para jugar más que 5 minutos ante Belgrano?

El cierre del semestre, de todas maneras, le da un aprobado al técnico, autor de un cambio milagroso, el de poner en carrera a un River que perdía, perdía y perdía por uno que contagió buena energía, multiplicó victorias y llegó a la final aun sin buen fútbol. Sin embargo, el fútbol demostró más de una vez que las heridas de las finales perdidas sólo se curan con títulos: lo supo hasta Lionel Messi en la selección.

En tiempos de enojos fáciles y necesidad de culpables, sería sensato partir de una base: Coudet merece ser evaluado con seriedad recién en diciembre, o sea al término de lo que será su primer semestre con un plantel propio y no heredado. Aunque es obvio que hay jugadores que ya cumplieron un ciclo, tampoco sirve replicar exigencias de pasar escobas y pedir limpiezas masivas. Salvo Paulo Díaz -ya fuera de River-, Franco Armani -ya suplente- y Facundo Colidio -que parecía haber cumplido un ciclo contra San Lorenzo y luego jugó tres partidos muy buenos-, ningún futbolista actual del plantel supera los dos años de permanencia en el club. River tampoco puede convertirse en una puerta giratoria. 

Y algo más práctico: si se van 10 futbolistas, como piden muchos, ¿quiénes van a jugar? River está pagando los defectuosos mercados de pases que la dirigencia y Marcelo Gallardo -en el orden que sea- hicieron en los últimos dos años. Que River se haya quedado sin jugadores para la final en Córdoba no sólo es producto de una epidemia de lesiones: también de un plantel mal armado, con muy pocos delanteros. Todavía resulta difícil entender por qué no hubo refuerzos en ataque.

Que el Chacho y los dirigentes -Stéfano Di Carlo, Enzo Francescoli, Leonardo Ponzio y Pablo Longoria- acierten en los refuerzos será clave. Los enojos de algunos hinchas en los últimos partidos, también ese «que se vayan todos que no quede ni un solo» que explotó contra San Lorenzo, no se referían únicamente a estos jugadores y a este técnico sino también a una continuidad de derrotas en los últimos tiempos. El gran triunfo de River en esta década fueron las eliminaciones de Boca, y viceversa. No siempre estará ese salvoconducto.

Si los jugadores y el técnico no estuvieron a la altura de River en estos tiempos, los dirigentes fallaron en lo más importante: el fútbol. Los hinchas valoran el progreso económico y están orgullosos del avance institucional pero, sin títulos -y con clásicos perdidos-, mucho o todo de lo bueno termina en un saco roto. En los úlitmos meses se sumaron muchos golpes futbolísticos: afuera de la Libertadores, eliminación ante Racing, dos clásicos perdidos, salida de Gallardo y final con puñal contra Belgrano. 

Aunque casual, este semestre mostró un ejemplo de esos éxitos «inversos«: el equipo pagó durante varios partidos el mal estado de campo de juego del Monumental producido por los recitales de AC/DC. Es decir, lo económico perjudicó al fútbol. No se trata de censurar ingresos genuinos sino de señalar cómo algo secundario perjudicó lo principal.

Ya de vacaciones tras el 3 a 0 ante Bloomingo, corresponde señalarle al equipo de Coudet otro activo: fue un equipo que, aún sin buen juego, volvió a lograr cierto pellizco emocional en los hinchas. Si la segunda etapa de Gallardo había generado un River mustio, sin buena vibra, enojado, este River de Chacho al menos devolvió las ganas de gritar goles y festejar triunfos como si fueran el agua, acaso un punto de partida para una hinchada que pide, necesita y merece fútbol y títulos de una vez por todas.

TyC Sports

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